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domingo, 27 de septiembre de 2009

Capítulo 78. La sonrisa.


Mientras releía los cambios una y otra vez, solo recordaba aquellas palabras que en Fátima le dijo Lucía.
Al principio, fue miedo lo que le produjo aquella revelación pero, poco a poco, la sonrisa regresó a su rostro. La turbación y el desconcierto dieron paso a la aceptación de su misión.
Duraría poco. Lo sabía. Incluso en el momento en el que aceptó lo sabía.
_Esto no puede seguir así. Esto no puede seguir así._

Humildad, humildad y humildad. Tres máximas que se marcó.
Era extraño ver a un párroco de pueblo en la silla gestatoria.
Era extraño verlo en un trono conversando con los niños.
Quizás quería cambiar muchas cosas, demasiadas. Supongo que así pensarían Villot y Marcinkus; la mafia y la logia P2. Demasiadas cosas, demasiadas cosas.

_Humildad, ese es el espíritu. Humildad. El cambio será gradual. Poco a poco.
Pobre Nikodim. Que no me haya coronado a desagradado mucho a Siri. Pronto sabrán que es solo el principio. El principio. El princi..._

El Papa Juan Pablo, sólo reinó 33 días pero en el transcurso de ellos se intuyó un cambio que podría haber reactualizado la Iglesia. Reactualización que hoy día todavía no se ha dado.
Embolia pulmonar o complot lucrativo. Nunca se sabrá. Lo que es cierto, es que la esperanza en él depositada se rompió aquel día y nadie ha sabido recomponerla.
De Luciani, por nuestra parte, sólo recordaré una cosa: Su Sonrisa.

miércoles, 15 de abril de 2009

Capítulo 38. El trono


Llegar al trono le fue difícil.
Tenía claro que Europa se hundía víctima del agnosticismo y el neopaganismo. Utilizó los llamados novendiales como una campaña política que dejó entrever su gran sapiencia teológica.
Pensador en latín y defensor del dogma. Esa hubiera sido el slogan elegido.
Atrás, en los recuerdos casi inmemoriales, quedaría el Concilio Vaticano II.
Nuevo espíritu.
Viejo pensamiento.
Nuevo Papa.
Vieja práctica.
En un proceso lento y de soledad hacia su muerte, él que eligió el nombre de la orden de las riquezas, ve cómo el mundo se encuentra siglos por delante suya. No comprende como dentro de su propia Iglesia se levantan voces contra su Magisterio.
No se da cuenta que lo que la humanidad necesita no es un Benedicto, sino un Francisco, un Juan o un Bernardo. Hombres que se enfrentaron contra el poder del trono, con la fuerza del pesebre.