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jueves, 15 de diciembre de 2011

Capítulo 154. El peor momento.

Creo que es una herida que no cierra nunca o nunca va a cerrar. Hoy lo he vuelto a revivir, he vuelto a ver la cara de mi madre. La misma que nos felicita las Navidades hablando de Miki y Nadal. En esa ocasión no había sonrisas, solo fortaleza. Ella es una roca que aguanta las embestidas de la vida, pero yo no estaba preparado para esas tres frases:
-Tiene cáncer. Le han descubierto tumores en la cabeza y se ha extendido por todo el cuerpo. Tu tía se muere.

Esas palabras hicieron que mi mundo donde la realidad era como un musical, desapareciese y en su lugar un vacío, un vacío tan grande que a día de hoy sigue.

Vacío en el que no tarda en aparecer un ¿por qué?, un  ¿por qué ella?

Recuerdo sombras de un recorrido, entre el Hospital Virgen del Rocío y el Parque Atlántico, en donde mi respiración desapareció. Estaba contenida en un grito sin sonido, en un llanto sin lágrimas. María José me sostuvo, literalmente, en ese momento. El servicio y la constancia personificada. Ella, sin saberlo, llenó parte de ese agujero sin fondo. Fue el peor momento de mi vida, una sentencia sin esperanza.

 Después vinieron las visitas diarias, la alegría fingida, la careta obligada. Todos aprendimos a actuar en un sufrimiento interiorizado, enquistado. Pero eran vivencias en donde aprovechabas los segundos con ella, tanto yo como tantas y tantas personas que se acercaron al cáncer.

Tres años después sigo asfixiándome. Siguen resonando ese trío de frases. Esos dardos que hicieron que abandonara a tortazos la juventud y cayera de bruces en la realidad de una madurez indeseada. 

Aún así, el peor momento de mi vida queda eclipsado por las últimas palabras que me dirigió mi tía mientras brindábamos por el año nuevo:
-Ahora ve a la fiesta y disfruta.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Capítulo 100. Noche inolvidable.

Al llegar el capítulo 100 quería que alguien especial realizara el post. El problema fue que ella no podía escribirme nada porque no está con nosotros desde hace más de un año. Pero el azar ha querido que entre los papeles del trastero me encontrara un poema escrito por ella.

Noche inolvidable

En calle arriero
el comer fue lo primero
de tantas cosas comimos
más el vino que bebimos
la noche se nos pasó
tan felices y contentos
como un gran soplo de viento.

La Marta sacó de adentro
un equipo de Ballet
tan guapa dentro de él
que se olvidó de comer.

Su padre también cantó.

La Reme le acompañó.

Y Alfonso, Manolo, y yo
nos dimos cuenta del caso
cuando dieron un portazo
y un vecino que llamó
diciendo se suspendieran
que sino no duermo yo.

Dolores Ramírez Granado
(29-04-1988)

Gracias al azar por encontrar esta carta y tener a mi madrina en el post número 100.

sábado, 2 de enero de 2010

Capítulo 95. El trance del dolor.

“Una espada atravesará tu corazón”


El aire desaparece de tus pulmones. El frío azulea las mejillas.

El dolor no tiene forma.

El dolor no tiene día porque no entiende de fechas.

La noticia es áspera. Desgarra la garganta. Seca los ojos.

Es el trance del dolor.


“¿Por quién lloráis?”


Cada aspiración es una expiración en sí misma. La fuerza desaparece de tus músculos.

Pasa un día y el dolor continúa.

Pasa una semana y el dolor continúa.

Al llegar el año, el dolor olvidado reaparece.

El recuerdo amarga. Eriza el cabello. Encanece el rostro.

Es el trance del dolor.


“Esa herida nunca sanará del todo”


Olvidas hasta tu nombre pero un día lo recuerdas. Empuñas de nuevo el día a día.

Sigues tú camino sin olvidar el suyo.

Sigues su camino sin olvidar el tuyo.

Sigues el camino olvidando el destino.

Su rostro te ilumina. Su mirada te sana. Su tacto te embarga.


Es el trance del dolor. Es la vuelta a la esperanza.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Capítulo 87. El trastero.

Trasteando y trasteando.
Ese el estado en el que me encuentro.
Muñecas chochonas,
pasaportes,
curros y vajillas,
maletas y crucifijos,
Holas y Semanas,
películas y facturas,
pamelas y camas,
ropa y tambor,
puros y pintura.
Esa es mi vida.
Trasteando, trasteando.

martes, 19 de mayo de 2009

Capítulo 53. El graduado


Mientras hablaba con él, los recuerdos me vinieron como una cascada: rápidos y cayendo en el vacío.

Ese día los nervios no me dejaron hasta bien entrada la noche. Estrenaba traje y corbata. Organizaba el acto y para más inri daba el discurso de graduación junto a mi amiga.

Terminaba una época y comenzaba otra.

Cartas que había manuscrito semanas antes fueron llegando a sus destinatarios.

Fueron minutos, aún sin darme cuenta, que se han grabado entre los surcos de mi alma.

Los compañeros se despedían. Los amigos se saludaban.

Si me preguntaran que recuerdo de mi graduación diría que el gris y el verde.
Gris por la banda que me impusieron y verde por el vestido que llevaste junto a mí.

Y, sobre todo, diría que mi graduación fueron tus ojos. Ojos que se iluminaron al recordar tus bocadillos. Ojos que mirando fijamente me dijeron el orgullo que sentías.

Hoy, mientras hablaba con él me acordé de Ti. No lo puedo evitar. Sigues estando viva en mis recuerdos.

sábado, 24 de enero de 2009

Capítulo 1. Recuerdos de un día cualquiera

Son las ocho de la mañana y como de costumbre suena el despertador. Mientras pongo mi maquinaria a punto, ella ya hace rato que se ha levantado y me ha preparado el desayuno y un pequeño tentempié para el mediodía.


Las horas pasan pesadas en la Fcom, una clase tras otras, un trabajo tras otro, una breve charla tras otra; descuidadamente lentas, sin prisas, deteniéndose en nimiedades sin sentido.


Pensando en regresar al hogar, cavilando en la posible comida preparada. Almuerzo que sin duda habrá hecho a mi gusto. ¿Por qué esa atención conmigo? A veces soy brusco con ella, insolente y en ocasiones hasta grosero; ¿qué hace que tenga tantas atenciones conmigo? ¿Por qué pienso en ella todo el día? No lo sé.

Son las once de la mañana, remoloneo en la cama. No hay ganas de levantarse, mi maquinaria suiza se ha estropeado. Estará en garantía o tendré qué comprarme otra nueva. No tengo ganas de desayunar es muy tarde. Mi madre y mi hermana hace tiempo que se han levantado y están limpiando la casa.

_¡¡¡SALVADOR LEVANTATE YA!!!_

Qué pesadas son, me aburren con sus monsergas: Haz la cama, barre tu cuarto, no estés tanto en el ordenador.

_Mamá, ¿y papá?_

_Está con ella. Hoy está un poco mejor._

Un poco mejor. Qué alivio. Esta tarde como todos los días iré a verla. ¿Qué me dirá hoy? No hace falta que hable sus ojos lo dicen todo, y para mí eso es suficiente. Todavía hay esperanza. Esperanza. Esperanza.


Son las siete de la mañana. Me levanto con pocas fuerzas después de una semana agotadora. Llegó cinco minutos tarde a la CEA. Pienso en los trabajos del doctorado, pienso en el trabajo de la crisis, pienso…, pienso… Pienso en ELLA.


¿Dónde está? ¿Dónde ha ido su sonrisa de la mañana? ¿Dónde sus bocadillos extragrandes? ¿Dónde sus besos y cariños? ¿Dónde está?


Una mañana fría marchó de nuestro lado, desde ese instante una estrella en el firmamento guía nuestros pasos. ¿Quién era? ¿Cómo se llamaba? ¿Dónde vivía? Sólo sé que era ELLA.


Dedicado a mi tía.