Tomó la copa entre sus manos. Vino especiado como otras veces con un ligero olor a almendras. Se había puesto su mejor toga, con ella se había dirigido hacia poco más de un mes a los honorables respresentantes de la República. En su mayoría puteros y ambiciosos. Nobles patricios que habían convertidos sus vidas en nidos vacíos donde habitaban auténticas víboras, dispuestas a inocular veneno a sus propias madres. La política es así. Solían repetirse unos a otros mientras disfrutaban de los baños públicos.
¿Dónde estaba el ser humano? Mientras sus pensamientos iban y venían en el futuro de la República, su mano fría acercaba la copa a sus labios. Un pequeño sorbo al principio y luego entero hasta acabar el líquido ambarino.
Se sentó en el diván recorriendo con su mirada las estancias de su última morada terrena. El sueño le embargó mientras su respiración se esfumó en su suspiro. Sus pupilas contraídas por el veneno se expandieron al llegar las tinieblas.
Vacío. Un cuerpo inerte. Sabiduría putrefacta entre hueso y carne. Su último pensamiento: La vida es maravillosa.
La muerte no es el final o la redención a través del Amor. Esos podrían ser los dos títulos para esta reflexión sobre la serie Perdidos.
Durante seis temporadas he cabilado mucho sobre las diferentes posibilidades que el guión de la serie me ofrecía. La caja de Pandora, la fuente de la eterna juventud, el Purgatorio o la Atlántida. Todas ellas han sido albergadas en mi mente, pero al disfrutar del último capítulo todas ellas han perdido su importancia. Y lo han perdido porque la esencia, lo más importante de Lost es el mensaje final: por muy perdido que te encuentres en la vida, por muy mal que hagas las cosas siempre tienes una posibilidad de arrepentimiento; una posibilidad de purgar tus faltas, de combatir a tu egoismo, de encontrar la paz. El Amor es la redención de todo mal, el paso hacia la otra vida. Dios es Amor y así se demuestra en la serie.
El final no es la muerte. El Amor es la vida. Perdidos en el mundo. Salvados en el Amor.
Hay señales en la Naturaleza que nos avisan de los acontecimientos: Un sol brumoso. Sin calor. Desaparecido tras una nube de polvo y cenizas. Granizos en el campo. Pájaros que vuelan en bandadas más allá de la medianoche. Malos augurios esta semana. Algo está por llegar. Algo está viniendo.
Ayer regresando del trabajo en autobús volví, tras casi un año y medio, a llorarte otra vez. Quizá se juntó que era el día más gris que recuerdo en mucho tiempo, o que se acercan estas fechas tan familiares, o qué se yo… El caso es que la nostalgia por lo vivido y que no volverá me engulló y volví a llorar.
En esto casos, lo que yo personalmente recomiendo es dejar la mente volar libre, que viaje cual máquina del tiempo y nos coloqué donde le apetezca, que es siempre donde necesitamos estar en ese momento. Y viajé, viajé mucho.
Volvíamos a estar todos juntos, una Nochebuena más, todos los primos disfrazados haciendo los teatros que se nos ocurrían para los mayores. El sabor de los turrones, mazapanes, mantecados, el sonido de las panderetas (que siempre se guardaban antes y después de cantar en la alacena), el “plop” de la botella de champán que mi tío Miguel descorcha sonriendo, las carcajadas de mi padre y mi tío Kiko… Y tú riendo con ellos al fondo, en tu rinconcito de siempre con tu cigarrito en la mano, más cenizas ya que cigarro (nunca comprendí como hacías para que las cenizas siguieran formando la forma del cigarro sin derramarse, aunque te lo hubieras fumado ya).
Otro viaje me colocó en la salita de tu casa, un día cualquiera después de quedarme a dormir, una mañana cualquiera. Tú me dabas tu cuadernito donde tenías ordenadas y catalogadas las más de 200 películas de tu colección. Yo tenía que elegir cuáles íbamos a ver ese día, siempre tres: una a la mañana, otra al mediodía y otra por la tarde-noche. Yo hacía como el que no sabía qué ver, pero ambos sabíamos que acabaríamos viendo Bitelchus (nos conocíamos hasta los diálogos jejeje). Un día me dijiste que esas películas serían mías. La verdad es que tengo muchas, más que nadie, pero no he querido ser egoísta y les he dejado algunas a los primos, seguro que no te molesta. ¡Ah! al final tenías razón y he acabado trabajando en la tele, supongo que tienes parte de culpa en ello.
Otro viaje me llevó a un día muy, muy feo. Un día en el que fuimos a verte después de uno de esos malditos ataques. Nunca quiero pensar en estos días, pero ese fue especial. Normalmente no te recuperabas del todo, no sé si te acuerdas porque estas son cosas para olvidar, pero muchas veces te costaba hablar o acordarte de cosas, reconocer a gente. Ese día fue especial porque nada más entrar por la puerta escuché tu voz, algo débil, decir “ha venido hasta la Nieve, qué frio”… Te hubiera gustado conocerla más a fondo, cuida muy bien de mí, y me hace ser mejor persona.
También viajé a un día en el que ya estabas encamado, te faltaba poco para descansar por fin de todo, ese día estábamos preocupados porque no acertabas con tu número de hijos (salían más de los que tienes) cuando te preguntábamos que cuántos tenías. Todo encajó cuando cabreado dijiste que sí tenías razón, que Rafael no era hijo tuyo pero como si lo fuera. Realmente mi padre se parece a ti en muchas cosas, sobre todo en las buenas, que son muchísimas. Aunque no en el equipo de fútbol… Mira que salirte más nietos béticos que sevillistas… Anda que no hubieras disfrutado nada con la de títulos que habéis ganado.
En fin, no es plan de llorarte una vez más, sino de reírte, disfrutarte (aunque sea en el recuerdo) y pensarte mucho, que mientras te pensemos nunca te habrás ido. Voy ahora mismo a ver si veo de oferta “Una noche en la Opera” de los Hermanos Marx, tengo ganas de viajar con la mente y oírte reír a carcajadas.
Cogió el teléfono sin apenas darse cuenta de la hora que era. Marcó lentamente los números que la separaban de la felicidad. -Hola. ¿Quién es? -Hola. Soy yo. Lo siento por llamarte a esta hora, pero... solo podía pensar en ti. Llevo dandole vueltas a la cabeza. Sé que no debemos... Te amo. -... -Te amo. No digas nada. Desde el primer momento en que te vi. Desde la primera palabra. Tu olor, tu risa. Algunos me dicen que el amor es un estado alterado de la conciencia pero por ti me gustaría enloquecer toda la eternidad...Te amo. Y te amaré por siempre. -Uhm. Una cosa. Muchas gracias pero creo que te has equivocado. -No. No me he equivocado. Nunca antes le había dicho a nadie te amo y solo tu me has hecho cambiar. -Pero, ¿quién eres? -Eso no importa. Lo que importante es solo una cosa, que te amo.
En ese instante colgó y cerró la guía de teléfono que tenía sobre sus rodillas. Hacerle feliz a una persona no tiene precio, pensó antes de acostarse en el hotel.