lunes, 31 de octubre de 2011

Capítulo 151. Gadafi.

Veo las imágenes de la muerte violenta de Gadafi y no siento alegría. Sé que ha sido un dictador cruel, que ha enfrentado a hermano contra hermano; un sátrapa que vivía en palacios de oro mientras la población moría de hambre, pero ese instante en el que la multitud lo zarandea, le agrede y lo mata, no me satisface.

En ese instante, recuerdo diferentes refranes que encierran una violencia atávica: "a cada cerdo le llega su San Martín", o la frase de "él que a hierro mata a hierro muere."

Y me he hecho la pregunta del porqué no me satisface este juicio sumarísimo y la condena popular a muerte. Y he llegado a mi conclusión personal de que quitar la vida a otra persona es un fracaso de la humanidad. A lo mejor, la humanidad que deseo no existe, sino que el hombre es un ser violento por naturaleza y en esas situaciones sale el instinto de supervivencia (o tú o yo).

¿Existe la humanidad tal como la anhelamos?
¿Es un espejo contraído, una esmeralda de Nerón o una cueva platónica?
¿Dónde miro? ¿Dónde busco?
¿Inexiste el anhelo tal como lo humanizamos?
¿Es un expandido reflejo, una Cruz de la Verdad o unas sombras absolutas?
Nunca encuentro. 
Siempre. 
Siempre. 
Siempre pierdo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Capítulo 150. Sin título.


Estaban los tres sentados, uno junto al otro.  La niña, de unos 12 años, en medio de los dos padres. Parecían gente de otro tiempo, de otro mundo. Gordos por encima de lo saludable, redondos, ni una sola recta en sus cuerpos. Vestidos en chándal-pijama a la moda de los 80, las mujeres con coletas largas y rubias, el padre con el pelo sucio y mal cortado. Los tres eran rojos, como hinchados, como rellenos de crema y chocolate y hamburguesas.

No hablaban, no miraban alrededor, los ojos fijos en el  horizonte insípido de la ventanilla del metro, con la boca abierta, embobados en la nada o quizá en algún pensamiento del color de la nada  en el que no se puede atisbar, porque hay gente que parece que no tiene pensamientos o los tienen y se diluyen antes de hacerse conscientes, como aire.

Yo los miraba sin terminar de creerme que estuvieran allí, entre ejecutivos y secretarias de tacón alto que hacían como que los ignoraban mientras los observaban por  el rabillo del ojo, indiferentes pero un poco asqueados por su mirada estúpida, como de vaca, por sus curvas infinitas, pensando seguramente en todas las patatas fritas que esa familia comía y que ellas no probaban desde que se miraron en el espejo con ojos nuevos y crueles  a los 14 años.

Y  ocurrió: la niña vio el cartel de propaganda que había en la pared del metro, donde una chinche gigante amenazaba con invadir las camas del que no comprara fundas especiales. La niña miró a la chinche, la chinche miró a la niña, la niña miró a la madre y las dos le señalaron al padre el cuerpo transparente  y desagradable de la chinche.  Los tres rieron con una complicidad única, de esas que no necesita palabras, como de un secreto que sólo ellos conocían. Entonces las elegantes ejecutivas  miraron con envidia a  esos hijos de la verdadera América que no necesitaban palabras vacías ni ropas de diseño para salir de la soledad de sus exitosas  vidas.  

Kontratiempo